Frío de Otoño
1 Comentarios Publicado por el_situacionista el miércoles 29 de octubre de 2008 a las 12:13.Caminando por entre las calles del barrio de Chamberí, cerca ya de sus límites, con el tres cuartos de cuero abierto para, como decía, sentir el frío. Bajo el brazo, mi primer libro. No lo llevo por fanfarronería, sino para aprender de los demás que trabajaron conmigo. El Metro siempre ha sido mi biblioteca favorita. Nadie te pide el asiento si estás de pie. Nadie se inquieta si ríes o lloras. Todo el mundo te pide disculpas si te pisa. El que lee en el metro, el que comprende qué le cuentan ahí abajo, puede leer en cualquier parte, puede saberse observado en tierra extraña y sentirse en casa.
Pero ¿qué se hace por la calle a una hora en que todo está cerrado? ¿En que nadie quiere salir a la calle porque está disfrutando, con prisa, por necesidad o con pausa, su almuerzo diario? No se hace más que disfrutar del vapor de la cerveza tomada. Degustar su cebada entre la lengua. Buscar al sol y mirarlo de frente. Y curiosear los escaparates de las librerías cerradas. Es momento para que suene la harmónica.
Afortunadamente, no todo Madrid está comiendo. Hay otros que leen y se les olvida comer. Y aquel día ella me salvó la vida. Una librera de lo viejo, asentada en al Bulevar de Santa Bárbara, próximo al metro de Alonso Martinez. Un antiguo kiosko, hoy librería de lance, que para encontrar un título interesante se ha de rebuscar mucho, mucho. Pero en el que ya he comprado más de una novela de Gómez de la Serna. Y no siempre para mí.
Sentada en su silla, la librera no quita ojo del libro que tiene entre manos. O ha comido pronto, demasiado pronto para esta ciudad. O se ha olvidado de comer. Parece indiferente a tu presencia. Le da lo mismo lo que mires, lo que toques. Pero con el ojo que le sobra controla su mercancía, y pone caras raras cuando ve que te acercas a la bisutería. Son sólo los libros del fondo, los grandes clásicos de la literatura en pésimas ediciones, las que le alegran algo el rostro. Dos grandes obras por sólo cinco euros. Así se gana ella la vida. De vez en cuando logra vender algo de Dickens o de Tolstoi por unos pocos euros, pero la gran mayoría de sus clientes sólo se llevan libros insulsos de jardinería y botánica, de perros y gatos, de memoria de pez.
Al acabar de curiosear. Al recordar que el último billete lo gastamos para las cervezas y que sólo nos queda calderilla en los bolsillos, damos media vuelta. Cuesta arriba, nos decidimos a meternos en los raíles del subterráneo. Le decimos adios al sol. Le decimos hasta luego al frío. Y esperamos a que los vagones nos expulsen en algún otro sitio.
Madrileños, ¡Vivan los otoños de Madrid!
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Quien pudiera pasear en otoño en una ciudad con libreras que se olvidan de comer, que salvan vidas y algo más y que venden joyas de literatura clásica en ediciones pésimas.
Que suene esta harmónica!